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miércoles, 14 de mayo de 2014

¡MELISANDE! ¿QUÉ SON LOS SUEÑOS?, de Hillel Halkin




¿Recuerdas, Mellie? ¿La cabaña junto al estanque, el agua fría, helada, nuestros cuerpos desnudos calentándose al amor del fuego? Vimos el sol ocultarse tras el estanque. Los árboles otoñales se reflejaban en las aguas. Crecían boca abajo, los troncos titilantes descendiendo hacia las ramas. Dijiste:                       
–Es un mundo de hadas. ¿Tú crees que sigue habiendo ninfas y ondinas ahí abajo?                                                                                                                                           
–Es fácil entender por qué la gente creía en ellas –dije yo.                                                          
–Sí –dijiste tú–. Eran jóvenes e insensatos. Ahora, hasta las ondinas son viejas y sabias. Miran hacia arriba, hacia el reflejo de los árboles en el cielo, y dicen: «Es fácil entender por qué una vez creímos en seres terrenales».

Escribir novelas de amor en los tiempos que corren me parece casi un deporte de riesgo, en el cual quienes lo afrontan tienen poco que ganar y mucho que perder. Poco que ganar porque del amor se ha dicho ya todo lo que se podía decir. Y mucho que perder precisamente por ese mismo motivo. Quienes se dedican a ello de manera compulsiva, la mayor parte de las veces para satisfacer una horda de hombres y mujeres necesitados de sexo virtual y emociones a la carta, acaban transitando en línea recta a lo largo de interminables avenidas pavimentadas con hojaldre y cubiertas de crema pastelera o azúcar glaseado. Son los autores de aquello que podríamos denominar “pastelones folletinescos”, urdidos en su mayoría a partir de lugares comunes y situaciones que rozan lo grotesco. Y quienes lo hacen con voluntad más ontológica y literaria, incluso con ambición de aportar algo diferente –una nueva visión del universo–, no solo acaban recalando tristemente en esa misma patria de lo tópico, sino que encima se ven obligados a soportar durante cierto tiempo, a veces toda su vida, el regusto amargo de la derrota. Que una escritora de novela romántica al uso se emperre en defender la profundidad de sus postulados, o que lo haga un autor de autoayuda, no es algo grave. Sí lo es el que alguien que ha conseguido ver más allá de sus narices, hurgar en ese pavimento edulcorado para encontrar las capas primigenias, no haya entendido la futilidad radicada en toda empresa literaria cuya misión sea, precisamente, traducir el amor al idioma de los libros. Como podría haber dicho Tolstoi, los escritores dan vueltas y vueltas alrededor de una misma novela de amor.  
Nunca he confiado en ellas. Cuando cae una en mis manos, acabo depositándola sobre la mesa con dos dedos, como si temiera mancharme. Y luego la olvido allí durante días, semanas, a veces años, hasta que un día me decido a buscar en la red algo de información sobre su autor. Si este reconoce en una entrevista que su objetivo era ese, escribir una novela sobre el amor, entonces agarro el libro –esta vez con los cinco dedos– y lo deposito en el cubo de la basura. Y si, en cambio, afirma que lo único que pretendía era escribir una historia sobre el hombre (y la mujer), y que por lo tanto era imposible obviar ese atributo siempre presente en cualquier vida que merezca ser vivida, entonces agarro el libro con las dos manos para leerlo gustosamente en mi sillón. Y sin en la tercera página encuentro un diálogo como el que reproducimos al inicio de esta reseña, que aunque menciona la presencia de hadas y ninfas también nos habla del desencanto y de la ineludible erosión producida por el tiempo, entonces acabo leyéndola del tirón. Cosa que me ocurrió en su momento con Nieve de primavera, de Yukio Mishima, o con el relato Los gemelos, de Mircea Cărtărescu , y que me ha ocurrido con ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? (2012; Libros del Asteroide, 2014), la primera novela del ensayista septuagenario Hillel Halkin.        

(…) imagínate que alguien me está soñando y que este alguien despierta.

La historia es en realidad bastante sencilla. Hoo y Ricky son dos estudiantes brillantes enamorados de la misma chica, Melisande. Uno representa la figura del vagabundo inteligente y encantador, y el otro la del futuro intelectual tan elocuente como temeroso de sus propias emociones. Y Mellie es la ninfa virtuosa necesitada de trascendencia en un mundo caracterizado por su implacable deshumanización –las purgas macarthistas, la guerra de Vietnam o el desencanto de los primeros revolucionarios “primaverales”*–. Como cabe esperar, el primero en llevarse el gato al agua es Ricky, cuya valentía a la hora de enfrentarse al mundo supera con creces la cautelosa inteligencia de Hoo. Es el primero de los tres en atreverse a cortar ese molesto cordón umbilical que los une aún al sistema perpetrado por sus padres, un lugar en el cual los sueños de paz y amor solo conllevan desgracia y frustración. Sin embargo, es esa  misma gallardía con que parece solventar el problema inicial lo que acaba dejándolo fuera de juego, en un terreno cenagoso a mitad de camino entre la locura y la cordura. Así, la ruptura de ese curioso trío formado por peregrinos en busca de la verdad acaba dejando solos a Hoo y Melisande, que en estas circunstancias no pueden hacer otra cosa que permanecer unidos. Es aquí donde comienza una historia de amor tan plagada de encuentros como de desencuentros. Y es aquí también cuando Hillel Halkin comienza a mostrar toda su inteligencia y todo su poderío narrativo. Porque lo que en manos de otro habría acabado siendo un relato manido y pretencioso “acerca” del amor –aunque ponga como protagonistas a personajes tan interesantes por su complejidad, perfectamente definidos y matizados en el transcurso de la novela–, en las de Halkin se transforma en el relato de dos individuos que tratan de combatir los inconvenientes de una existencia bastante incomprensible “a través” del amor. Se trata de combatir la amenaza del sueño, de experimentar emociones suficientemente tangibles como para que quienes los sueñan decidan no despertar nunca.

Nunca había estado en tu casa. En aquel entonces no habría sido capaz de decir por qué era tan especial. Hoy lo habría bautizado como la plenitud de las cosas. La alfombra navajo tejida a mano, la mesita redonda con un bol lleno de manzanas y una rosa blanca en un jarrón de cuello alto, los tres cuervos en un cuadro colgado en la pared pintado por una amiga de la universidad, el ficus que brillaba en una esquina, la estantería de mimbre con los poetas que te encantaban, Rilke y Neruda y Yeats y Dylan Thomas: todo estaba feliz de estar donde tú lo habías colocado.

Queda claro que lo que busca Hoo en Mellie es la posibilidad de hallar la ubicación idónea, de encontrar ese lugar en el mundo al cual no ha conseguido acceder a través de los libros ni de sus estudios filosóficos. Hoo quiere estar feliz de estar donde ella lo coloque. Sin embargo, toda relación condicionada por una necesidad ha de acabar necesariamente en un desencuentro. Y es en la exposición de esta conclusión indiscutible donde Halkin se muestra espléndido, casi desgarrador. Porque los inconvenientes de la entrañable relación entre Hoo y Mellie, que por otro lado parece una oda a lo que todos hemos querido alguna vez para nosotros mismos, son presentados por él como algo tan inevitable como la misma necesidad de amar y de ser correspondido. Como decía John Williams en Stoner, el amor es «un acto humano de conversión, una condición inventada y modificada minuto a minuto y día a día, por la voluntad y la inteligencia del corazón».
Esta referencia a John Williams no es en absoluto casual. Como tampoco lo sería comparar a Hillel Halkin con Saul Bellow, muy probablemente uno de sus autores de cabecera. Porque de nuevo asistimos a las desventuras de un intelectual cuya bondad natural parece incapaz de manejarse en el terreno de las incertidumbres –aunque su valentía en el empeño es muy superior a la de Moses Herzog, por ejemplo–, y porque una vez más nos acaba perturbando esa erosión producida por el tiempo de que hablamos en el primer párrafo de esta reseña. Halkin, al igual que Bellow, combate todo aquello que le preocupa de frente, sin concederle un respiro a la cobardía. Su protagonista es, dentro de sus naturales limitaciones, un cazador dispuesto a enfrentar al león a campo abierto. No es en absoluto ese «rajado entre el centeno» de que le habla Ricky en cierto momento de la novela. Claro que Hoo nos cuenta su historia a una edad en la que Holden Caulfield, el cazador oculto de Salinger, podría estar compartiendo habitación en un sanatorio con Ricky. Ambos erosionados por un tiempo que no supieron prever.                  

Pero incluso mientras perdíamos el tiempo que teníamos a manos llenas, sentíamos esa punzada de temor que siente el avaro cuando piensa no hay suma de dinero que sea tan grande como para andar malgastándola sin más.

¡Melisande! ¿Qué son los sueños? es una magnífica novela escrita con mucha inteligencia pero también con el corazón. Un ejercicio literario brillante que suscribiría el mismo Tito Vilanova, el recientemente desaparecido ex entrenador del Barça –y ya me perdonaréis esta referencia futbolística, pero es que viene al caso–, pues atesora los tres componentes que aquel se hartara de reivindicar a través su famosa proclama «seny, pit y collons». Es decir, inteligencia, ánimo y valentía. Porque aquello que suelen destacar los medios cuando hablan de esta novela, la maravillosa historia de amor de sus dos protagonistas, es en realidad una lujosa vestimenta urdida por Halkin para enmascarar las miserias que, muy posiblemente, experimenta todo ser humano en este valle de lágrimas llamado Mundo: el miedo a la soledad, al olvido y al vacío; el temor a que nuestros sentimientos sean pura contingencia, a que la futilidad de todo nos convierta en cuerpos despellejados por la ignorancia, a nuestra incapacidad para aferrarnos a lo que de verdad importa y sobrevive al paso del tiempo. Es decir, nuestra incapacidad para asumir que un día dejaremos de estar aquí para convertirnos en algo parecido al polvo. Ya lo decía Freud, que el amor, como la historia o la necesidad de correr sin descanso, son pulsiones contra la muerte. Y sin embargo… sin embargo las desmitificaciones freudianas y las afirmaciones existencialistas de Sartre esconden una contradicción perfectamente expuesta por Halkin en ese último fragmento citado. Porque si el amor fuera solo eso, una pulsión contra la muerte, sería más lógico abrazarlo al final de nuestras vidas, cuando ya hemos identificado la sombra de lo inevitable en la próxima esquina. Pero en cambio lo hacemos ya desde el primer grito, en ese instante en el cual la separación de la madre amenaza con quitarnos una vida recién estrenada. Tal vez por eso el autor neoyorquino, a pesar de su valiente e inteligente exposición, acabe mostrando una fe inquebrantable en la inmortalidad del amor. Porque tal vez comparta raíz con aquello que nos espera en el final de nuestras vidas, o sea su principal representante en este trayecto tan inseguro que un día denominamos vida. Pero también porque existe la posibilidad de que nuestra existencia se reduzca al sueño de otro. Y como dicen las romanceras contemporáneas, los predicadores espirituales y los pregoneros modernillos del carpe diem, los sueños hay que vivirlos. Aunque exista la posibilidad de que no seamos personas (o amantes) sino lugares.       

(…) pero era incapaz de recordar hacia dónde iban los dos jóvenes. Se le había olvidado por completo. Ni siquiera lo tenía en la punta de la lengua. Incluso si tuviera un atlas y buscara en todas sus páginas, no estaba segura de poder encontrarlo. Quizás ni siquiera fuera un lugar real.

 

*Libros del Asteroide publicó en 2008 una novela maravillosa acerca del desencanto de los primeros revolucionarios “primaverales”. Postales de invierno, de Ann Beattie, escrita por la autora norteamericana en 1973, es calificada por Rodrigo Fresán en el prólogo de esta edición en castellano como una auténtica «novela generacional». Narra la historia de un joven desquiciado por esa resignación en la que parecen haber caído quienes revolucionaron toda una civilización en los años sesenta. Es, también, una maravillosa historia de amor.  

1 comentario:

  1. He visto tantos comentarios y a la vez tan dispares, de este libro que desde que lo tengo no sé qué hacer con él. Supongo que la mejor manera de comportarse sería leerlo y decidir por mí misma, y en esa decisión tiene muy mucho que ver el haber leído tu comentario.

    Gracias y un saludo

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