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martes, 26 de noviembre de 2013

Los márgenes de Yukio Mishima (II) - CABALLOS DESBOCADOS



(La) Pureza, concepto que hacía recordar a las flores, al picante sabor del agua fresca y al niño que se coge a las faldas de su madre, era para Isao algo que unía todo eso a la idea de la sangre, de la espada que abate hombres inicuos, de las hojas de acero que cortan desde el hombro para salpicar el aire con sangre y también del seppuku. Cuando un samurái caía “como las flores del cerezo”, su cuerpo empapado en sangre se transformaba de inmediato en flores de cerezo. El concepto de pureza, pues, podía significar lo contrario; y con arbitraria celeridad. Aunque la pureza fuese cosa de poetas.


La pureza es, precisamente, el eje alrededor del cual transitan las “milagrosas palabras” de Yukio Mishima (Tokio, 1925 - 1970)  en Caballos desbocados (1969; Alianza Editorial, 2004*), el segundo título de la tetralogía El mar de la fertilidad. Un concepto que ya adquiría una indudable relevancia en Nieve de primavera, primer título de la serie, pero que en esta continuación se sobrepasa a sí mismo para interpretar el papel de protagonista absoluto. Si entonces el genial autor japonés situaba la pasión en el norte de sus pensamientos para ofrecernos una de las historias de amor más hermosas jamás escritas, ahora retrocede hacia el este, allí donde los primeros destellos de un sol incipiente acarician la oscura y casi imperceptible línea fronteriza que separa el océano del cielo, para tratar de encontrar el germen de la pureza, la sustancia primigenia a partir de la cual los dioses ancestrales del Japón, país del sol naciente, edificaran su morada. La pasión mostrada por Kiyoaki y Satoko en Nieve de primavera era tan pura como el “picante sabor del agua fresca”, sí, pero entonces su pureza se contentaba con ser un adjetivo. Ahora, en Caballos desbocados, se reivindica como un fin en sí mismo, como una sustancia totalizadora capaz no solo de actuar como engranaje de los sentimientos humanos, sino también de erigirse como único estandarte posible y necesario para quienes pretenden llevar una vida cargada de virtuosismo, sin sombras de corrupción que la mancillen. Cuando el lector es capaz de comprender esto, de imaginar en su cabeza la brújula utilizada por Mishima para situar en su particular mapa literario sus cuatro puntos cardinales –pasión, pureza… y ya veremos qué nos deparan los otros dos títulos de la tetralogía–, ya está en condiciones de apreciar este relato como lo que verdaderamente es: parte del testamento ideológico de un escritor, Yukio Mishima, tan privilegiado por ese “don casi milagroso para las palabras” de que nos hablaba Yasunari Kawabata a propósito de él, como por su testaruda manera de comportarse en completa coherencia con sus ideas. Lo primero fue un regalo de sus dioses ancestrales. Lo segundo, un producto de su voluntad.
Pero centrémonos en sus Caballos desbocados.  

Shigekuni Honda, el protagonista “ocular” de Nieve de primavera, prosigue su particular odisea a través de la historia más reciente del Japón –en ese país, todo lo sucedido en el siglo XX es aún reciente–. Corre el año 1932, la cúspide de una época aciaga en la cual el pueblo nipón transita desorientado entre las exigencias de Occidente –la sumisión al poder de las divisas internacionales, los trajes de paño inglés, o la música jazz–, y los gritos de protesta de un campesinado tan empobrecido y resignado que incluso los padres de familia acuden en masa a la ciudad para trabajar como sirvientes, dejando atrás a mujer e hijos. Los fundamentalistas de la izquierda y la derecha más recalcitrantes acumulan un sinfín de atentados terroristas contra el gobierno liberal mientras los zaibatsu, patriarcas de una economía occidentalizada, hacen lo propio con las divisas, manchando sus manos de corrupción y llenando el país de pobreza. Sin embargo, surge una figura inesperada. Isao Iinuma, hijo del antiguo preceptor de Kiyoaki Matsugae –el auténtico protagonista de Nieve de primavera–, ha decidido terminar con esa corrupción tan devastadora para la economía del país como contaminante para el alma de los japoneses. Para ello, decide llevar su innata pureza hasta las últimas consecuencias, asumiendo la responsabilidad de eliminar con su daga a los elementos más perturbadores de una sociedad anegada por el oprobio, los zaibatsu, y pagando por ello el precio de su devoción hacia el emperador: la muerte. Sigekuni Honda, mientras tanto, se mantiene como un fiel observador de la realidad, como un voyeur de la vida cuya sólida condición de jurista le sitúa por encima de las emociones humanas. Su alma sigue cumpliendo penitencia por la muerte de Kiyoaki, su amigo de juventud, un ser cuya vida había alcanzado un inusitado nivel de belleza al mantenerse completamente pura en su ejercicio de la pasión. Ante dicha extinción –y su propia frustración, todo sea dicho–, a Honda solo le quedaba el cinismo, la creencia de que ante la fugacidad de la belleza no quedaba otra que mantenerse como un ente contemplativo.

En aquel momento, la belleza misma había comenzado a moverse ante los ojos de Honda. Al contrario de la gaviota, fuerte y airosa en el aire y torpe en el suelo, los pies calzados con tabis se movían cómodamente de puntillas y con rapidez, como si apenas quisiesen sentir como suyo el mundo del hombre. Pero aquella belleza sólo brotaba una vez. Lo que el hombre debía hacer era relegar dicho instante a la memoria, para poder reflexionar libremente sobre él más adelante.

Sin embargo, la sólida estructura sobre la cual Honda ha construido todo un mundo carente de emociones, y por ende de peligro, se ve resquebrajado ante un descubrimiento inesperado: Isao Iinuma no es otra cosa que la reencarnación de Kiyoaki. Así, mientras uno mostraba completa indolencia hacia el mundo de las apariencias, enfrascado como estaba en elevar su pasión a una altura divina, el otro pretende abrazar a los dioses a través de la pureza en sí misma, aunque para ello haya de procurarse la muerte mediante el seppuku. Para Isao Iinuma, la única manera de arrancar de raíz el mal acechante en las calles de Tokio es liquidar a los portadores de esa enfermedad tan contaminante, terminar con los trajes de paño inglés, el jazz y esos anglicismos que comienzan a abundar en las conversaciones de los potentados. Y luego, procurarse una muerte digna, suficientemente digna como para que no se perciban intereses escondidos en su resolución, como para mostrarse digno de sí mismo. Toda carga de pureza conlleva una carga de perversidad. Y Isao, a pesar de su juventud –cuenta dieciocho años de edad–, está dispuesto a asumir la parte menos llevadera.

Cuando se veía a sí mismo impávido, con los brazos cruzados y sin hacer nada, Isao se estremecía, juzgándose como un miserable. La posición más fácil era, desde luego, adoptar esa postura, que al fin y al cabo era la adoptada por los hombres ordinarios. Una postura pecadora, tan natural como la tierra que pisamos y el aire que respiramos. Pero si él deseaba alcanzar la pureza en medio de tanta cobardía, sus pecados habrían de tomar otras formas y él tendría que buscar, de todos modos, otra manera de eliminarlos; para ello tendría que alcanzar la propia fuente del pecado. Sólo actuando así podría llegar a reunir pecado y muerte, seppuku y gloria, cuando se plantara ante el precipicio barrido por la brisa que llevara el aroma de los pinos, ante el sol naciente.

Lo que nos propone Mishima a través de esta novela es que seamos valientes, que de ciertos movimientos cuya perversidad nunca podrá ser discutida –ni siquiera matizada–, como el nacionalsocialismo alemán o el imperialismo japonés, sepamos apreciar en cualquier caso alguna de sus nobles ambiciones. No es extraño que en un mundo gobernado esencialmente por los herederos del materialismo –capitalismo vs. comunismo–, y aún avergonzado por el recuerdo de la Gran Guerra, un coro de voces cada vez más numerosos clamara contra ese “olvido” materialista del “ser” con la intención de recuperar su propia esencia, su propio sujeto, más allá de la conciencia objetiva y de la Historia. Heidegger, cuyo existencialismo operara como un fecundo e inestimable apoyo filosófico del movimiento nacionalsocialista, fue una de esas voces. Y Mishima, desde su vertiente literaria y con las particularidades propias de una nacionalidad oriental de herencia sintoísta, otra de ellas. Ambas consideraban al ser como un estar-en-el-mundo cuyo único sentido es entenderse a sí mismo antes de decaer en la nada, en ese vacío en el cual el hombre, en tanto realidad en devenir temporal, vive trágicamente abandonado. Para Mishima, la única vía de que disponía el hombre para “estar” dignamente en un mundo falto de sentido, era mantenerse puro y auténtico. 
El materialismo, en cuanto filosofía basada en la razón, debía desembocar necesariamente en una inevitable corrupción del “ser” humano, pues el hombre, al erigirse en centro de su propio mundo, de su propia conciencia, ha de sentirse capaz de crear y destruir según su propia conveniencia. Mishima veía en el imperialismo japonés de base sintoísta una manera de congraciarse con el ser a través de su pureza y de su autenticidad, reduciendo con ello el racionalismo occidental a una molesta anécdota, a un absurdo intento por calibrar el mundo de los dioses desde una perspectiva demasiado humana y, por ello, imperfecta. Para él, el cristianismo es una medicina contra la ignorancia y el racionalismo un acto de prepotencia. En cualquier caso, y aunque es evidente que en su postura es fácil encontrar elementos tan perversos como aquellos que pretendía liquidar, debemos reconocerle ese intento por recuperar el “ser”. De hecho, sus buenas intenciones se demuestran a partir de la reencarnación de Kiyoaki, pues esa perpetuación de la conciencia –esa conciencia del alaya que según los budistas del Theravarda transmigra de vehículo en vehículo para erigirse en una suerte de meollo existencial– denota una evidente inclinación a negar la nada, a pensar que la vida del hombre ha de tener un sentido más allá de su mero estar-en-el-mundo, es decir, más allá de la muerte.

Volviendo a Caballos desbocados –pero sin perder la perspectiva de ese absoluto reivindicado por Mishima–, Isao Iinuma trata de alcanzar la graduación en un mundo tan insípido como el construido por Honda para sí mismo. Peor que eso, en un lugar en el que solo los observadores saben hallarse libres de toda culpa, aunque su condescendencia sea, de alguna manera, origen de una culpa tal vez merecedora de mayor castigo. Y es precisamente por eso por lo que nos resulta imposible no reconocerle a Isao, a pesar de sus tendencias ciertamente totalitarias, una admirable y, sobre todo, pura determinación. Para él, adaptarse a las circunstancias históricas como quien acepta el mal menor es un acto de cobardía. Como debería serlo para nosotros. Yukio Mishima se muestra en esta novela tan virtuoso como de costumbre –sin que este calificativo le reste un ápice de su divinidad–. Su literatura sería capaz de inspirar incluso a un cangrejo desplazando su corteza corporal hacia atrás, con esa mezcla divina de pensamiento, poesía e ironía. En ella se perciben ecos de ciertos autores germanófonos de principios del siglo XX, como Thomas Mann, Herman Hesse –salvando las distancias a pesar de su evidente simpatía hacía el monismo oriental– o Robert Musil –sobre todo el de Las tribulaciones del estudiante Törless–, escritores que buscaron la belleza en ese absoluto en apariencia inaprehensible, y que por ello merecen formar parte de cualquier antología de la literatura universal. O de otros no tan ambiciosos pero igual de inteligentes, como el Curzio Malaparte de Kaputt o La piel. Mishima abrazó el pensamiento alemán del siglo XIX sin saber que en su virtud radicaba también su propio monstruosismo, que el alcance de lo absoluto era un objetivo demasiado ambicioso como para aceptar, en su consecución, tanta ignominia.

Yo, por mi parte, siempre regresaré una y otra vez a Mishima para recordar que soy algo más que un ser humano. Los 37 señaladores situados en mi ejemplar de este título así lo atestiguan –y no exagero–. También para recordarme la enorme diferencia existente entre una buena –o muy buena– novela, y una obra maestra a la altura de cualquiera de las que escribiera Mishima a lo largo de su vida.  

En las relaciones habituales de los seres humanos, el bien y el mal, la confianza y la desconfianza, se presentan de manera impura; se hallan mezclados los elementos en pequeñas porciones. Pero cuando los hombres se juntan para formar un grupo dedicado a la búsqueda de una pureza impropia de este mundo, la perversidad de cada uno, purgada y expulsada, acaso se reúna ella también para formar un elemento nuevo, frío y peligroso como el cristal.    

P.D.: Hago una excepción en esta entrada para aportar un toque completamente personal. Uno de esos 37 señaladores me dio para escribir lo siguiente.

La voluntad de ser y de saber, o, mejor dicho, de ser sabiendo, ejerce tal opresión en los individuos “sensibles a ella”, que al final solo la sumisión a la voluntad de otro tiene la facultad de otorgar un poco de libertad y paz al portador de dicha ansía de saber, por cuanto su sumisión “anula su ser”. Al “delegar” la incomodidad de sus pensamientos, queda reducido al eco de una vida insustancial.


*Año de la edición que nos ha servido como base para esta reseña, con traducción de Pablo Mañé Garzón –la misma que prevalece en las ediciones más modernas–.



              


1 comentario:

  1. Curioso personaje Mishima, un gran escritor sin duda, aunque a veces él mismo y su proceso vital y político es mucho más interesante que su obra, supeditada a sus ideario sobre imperial sobre la pureza del pueblo japones, que a menudo alumbra de un modo inquietante los pasajes de su obra.

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