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viernes, 8 de noviembre de 2013

LA CASA VERDE, o la selva vital de Mario Vargas Llosa


El sargento echa una ojeada a la madre Patrocinio y el moscardón sigue allí. La lancha cabecea sobre las aguas turbias, entre dos murallas de árboles que exhalan un vaho quemante, pegajoso. Ovillados bajo el pacamari, desnudos de la cintura para arriba, los guardias duermen abrigados por el verdoso, amarillento sol del mediodía. La cabeza del Chiquito yace sobre el vientre del Pesado, el Rubio transpira a chorros, el Oscuro gruñe con la boca abierta. Una sombrilla de jejenes escolta la lancha, entre los cuerpos evolucionan mariposas, avispas, moscas gordas. El motor ronca parejo, se atora, ronca y el práctico Nieves lleva el timón con la izquierda, con la derecha fuma y su rostro muy bruñido permanece inalterable bajo el sombrero de paja. Estos selváticos no eran normales, ¿por qué no sudaban como los demás cristianos? Tiesa en la popa, la madre Angélica está con los ojos cerrados, en su rostro hay al menos mil arrugas, a ratos saca una puntita de lengua, sorbe el sudor del bigote y escupe. Pobre viejita, no estaba para estos trotes. El moscardón bate las alitas azules, despega con suave impulso de la frente rosada de la madre Patrocinio, se pierde trazando círculos en la luz blanca y el práctico iba a apagar el motor, sargento, ya estaban llegando, detrás de esa quebrada venía Chicais.


En su inicio de La casa verde (1965; Alfaguara, 2004*), la segunda novela de Mario Vargas Llosa –después de ganar en 1962 el Biblioteca Breve con La ciudad y los perros–, el célebre Nobel peruano “cuelga” tres avisos importantes. El primero nos exhorta a abrocharnos el  cinturón, pues no solo estamos adentrándonos literalmente en la densa espesura de la selva amazónica, sino que debemos también permanecer atentos a cada minúsculo cambio operado en ella a medida que avanzamos: “el verdoso, amarillento sol”, no responde en absoluto a una voluntad de llenar con adjetivos las páginas, sino de ofrecernos la multiplicidad de adjetivos que puede generar una sola imagen en pocos segundos, aunque resulten contradictorios. O sobre todo si lo hacen. Como ocurre en la vida misma, en definitiva. El segundo aviso tiene mucho que ver con esta visión tan dinámica de la literatura, o del tempo literario. Vargas Llosa no se conforma con exigirnos que abramos bien los ojos, que incluso intervengamos en la composición pictórica del relato –ya sea cambiando la fotografía según nuestras propias apetencias o aligerando el tono de los colores de nuestra paleta–. Nos reclama que, además de considerar el infinito abanico de posibilidades tonales de cada escena propuesta, hagamos lo propio con los pensamientos de cada uno de sus personajes. De ahí que se atreva a intercalar en esa primera descripción paisajística de la novela las reacciones suscitadas en sus protagonistas. De alguna manera, exige a sus lectores lo mismo que él se exige como escritor. Una flexibilidad suficientemente ágil como para aceptar y asimilar súbitos trastornos en la pintura, y para cambiar la percepción de los acontecimientos y de las personas que los protagonizan con voluntad constructiva y de mutuo acuerdo entre narrador y lector.

Ese sargento al que se dirige el práctico Nieves al acercarse a Chicais no es otro que Lituma, un piurano –natural de Piura, en el norte del Perú– cuya falta de sustento obliga a buscarse la vida entre los cachacos, la guardia civil peruana, aunque sea a costa de trasladarse a un mundo selvático que le resulta completamente desconocido. Allí las circunstancias lo obligan a enfrentarse a un modus vivendi demasiado anárquico incluso para él, que ha pregonado la anarquía y la bohemia durante toda su juventud acompañado de esos colegas autodenominados inconquistables para quienes la vida consistía en “chupar, timbear y culear”, ya fuera en las tabernas de su amada Mangachería –un barrio popular piurano– o entre las paredes de “donde la Chunga Chunguita”, un prostíbulo cuyas habitantes hacían las delicias de una ciudad hasta hacía muy poco encerrada en sí misma Tanto que los forasteros tenían a Piura como un lugar de incómodo recogimiento.

Llegan al Hotel la Estrella del Norte, que está en la plaza de Armas y es una mansión descolorida, alta como la glorieta donde se toca la retreta de los domingos y a cuya sombra se instalan los mendigos y los lustrabotas, y deben permanecer allí encerrados, desde las cinco de la tarde, mirando a través de los visillos cómo la arena se posesiona de la ciudad solitaria. “Aquí no es como en Lima”, dicen, “no hay donde divertirse; la gente piurana no es mala, pero qué austera, qué diurna”. Quisieran antros que llamearan toda la noche para quemar sus ganancias. (…) Tanto deseaban mujer y diversión nocturna estos ingratos, que al fin el cielo acabó por darles gusto. Y así fue que apareció, bulliciosa y frívola, nocturna, la Casa Verde.

El segundo eje sobre el que transcurre la novela es la historia de don Anselmo, “un joven atlético, de hombros cuadrados” y “dientes como los de un mastín” que despertó una mañana en la plaza de Armas de Piura ante la incrédula mirada de sus habitantes y sin que ninguno de ellos acertara a “reconocer la procedencia de su acento”. Tras recibir toda clase de agasajos gracias a la bondadosa y hospitalaria naturaleza de los piuranos –incluso de sus principales–, don Anselmo se instala en la finca de un ranchero acostumbrado a recibir y a acoger a los comerciantes venidos de la capital. Más tarde, cuando ya cree formar parte indisoluble de esa ciudad de rentistas provincianos, beatas, rancheros, “mangaches y gallináceos”,  decide dotar a su tierra de adopción de un lugar en el que colmar sus deseos más inconfesables. El suyo, que es el de convertirse en un ciudadano respetado por los hombres de pro –y deseado en secreto por sus mujeres, por qué no reconocerlo–, y la de esos mismos piuranos y también de los forasteros, que es huir de la tediosa vida impuesta por unas convenciones sociales demasiado condicionadas por la autoridad eclesiástica.    

Y, sí, “así fue que apareció, bulliciosa y frívola, nocturna, la Casa Verde”.

Sin embargo, tanto las ambiciones de don Anselmo como las de Lituma transitan en un hilo demasiado fino, casi transparente, bajo el cual apenas se distingue una frontera clara entre la victoria total y el desastre, como en esa selva en la cual tanto la vida como la muerte dependen de meras casualidades. Allí, Lituma está viendo palidecer la mecha de su dorada juventud cuando lo que pretendía era llenarse los bolsillos a la par que satisfacer las ansias aventureras de su hormonas adolescentes: creyó que más allá de Piura no existía el miedo y se equivocaba. Difícilmente conseguirá  enfrentar con dignidad esa “ley de la selva” que rige tanto las vidas de los paganos selváticos –los aguarunas o los huambiches–, como de las misioneras, los cristianos, los reclutas de la guardia civil o del ejército, o los traficantes de jebe y cuero. Don Anselmo, por su parte, trata en vano de edificar un reducto selvático en esa Piura llena de supersticiones, sin entender que en la tierra yerma del desierto no pueden crecer las siringas o las lupunas que visten de verde la selva amazónica. Aunque, claro, en los lugares extremos solo suele permanecer el recuerdo de los más osados.

Al cruzar la región de los médanos, el viento que baja de la cordillera se caldea y endurece: armado de arena, sigue el curso del río y, cuando llega a la ciudad, se divisa entre el cielo y la tierra como una deslumbrante coraza. Allí vacía sus entrañas: todos los días del año, a la hora del crepúsculo, una lluvia seca y fina como polvillo de madera, que sólo cesa al alba, cae sobre las plazas, los tejados, las torres, los campanarios, los balcones y los árboles, y pavimenta de blanco las calles de Piura.

A partir de esta premisa tan sugerente, y de un fresco de personajes tan de carne y hueso como podamos serlos nosotros, sus lectores –atentos a estos nombres: Bonifacia, Fushía, Aquilino, Lalita, don Julio Reátegui, Jum o el Pantacha–, Mario Vargas Llosa construye una novela en la que no solo prima la descripción de una realidad tan incontestable y atractiva como la de esa selva plagada de zancudos, misioneras, contrabandistas, o tribus menospreciadas por un cristianismo aún lacerante, o de ese desierto bañado por el polvo y los lamentos de una civilización extinguida, sino también las desventuras de aquellos incautos que pretendieron edificar una sociedad a la europea donde solo el agua de los ríos o la arena tenían su existencia asegurada. En La casa verde, Vargas Llosa nos ofrece el retrato combulso de un Perú poscolonial aún en obras, con un lenguaje tan policromo y habilidoso desde el punto de vista de la construcción narrativa como el que se estaba gestando en las primeras obras de García Márquez y con muchos ecos a la obra naturalista de Horacio Quiroga –de hecho, esa vertiente naturalista nunca dejará de estar presente en su obras, e incluso le realizará un homenaje al publicar, en 1975, La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary–.

El mestizaje que ha conformado los países latinoamericanos –ya sea por la voluntad expansiva de los conquistadores españoles o por su incapacidad para contener sus impulsos sexuales– ha actuado al final como catalizador de una literatura tan rica en su estilo como compleja en su mensaje. La casa verde es tanto el título de esta novela como uno de sus paisajes más recurrentes. Es, como decíamos, el prostíbulo construido por don Anselmo en un arenal periférico de Piura, pero también el hogar de una vida –la de la selva– cuya salvaje impronta es capaz de seducir las anodinas existencias de quienes han tomado la senda del virtuosismo, incluso allá donde la naturaleza se muestra más exigua. Es el aviso para navegantes de una sociedad instruida bajo términos occidentales, pero la cual adolece aún de una enorme voluntad por mantenerse tan casta en sus valores primigenios como pueda hacerlo la nuestra.  
Vargas Llosa recurre a la connivencia de tempos literarios para recordarnos que la vida es presente y recuerdo –es decir, que caminamos por las aceras fijándonos en la realidad presente al mismo tiempo que la confrontamos con nuestros recuerdos–, y que, en consecuencia, la literatura debe ser eso también. Debe representar los mismos saltos temporales que experimenta un ciudadano al caminar por las calles de una gran ciudad, pasando del presente al recuerdo con la misma velocidad con la que nosotros, tristes lectores, evocamos lo que nunca fue para asegurarnos de que haya sido al menos en nuestros pensamientos.

Tal vez La casa verde sea un intento por defender la pureza del hombre primitivo frente a la codicia del hombre moderno. O tal vez, muy al contrario, por exigirle al peruano un ejercicio de racionalidad con el que socavar la barbarie. Pero sea una de ellas la intención de Vargas Llosa, o ambas, o incluso ninguna, La casa verde nos habla como pocas novelas de esa eterna lucha emprendida por el hombre contra sí mismo, ya sea en las calles más elegantes de Lima o en las trochas de la selva o el desierto.     


*El año de la edición del ejemplar que hemos utilizado para escribir esta reseña.


              

4 comentarios:

  1. Buenos días. Contrariamente a mi círculo de lectores, no soy especialmente fa de Mario Vargas Llosa. Uno de los pocos libros que he leído de este autor de renombre fue La niña mala. Quizá lo que debería hacer era profundizar un poco más en su obra para disponer de una opinión más sólido al respecto. ¿Has leído su novela más reciente? Un abrazo,

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  2. Supongo que está bien mirar en otros libros de Vargas Llosa, ahora que pasea novela nueva. Aunque a mi me pasa como a Offuscatio, que no es santo de mi devoción, pero siempre he tenido la sensación de que es una equivocación mía que debería de resolver...

    Magnífica entrada como siempre. Un disfrute leerte. Saludos!

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  3. ¿Has sentido alguna vez que habitas en un enjambre?

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  4. Tal vez por eso he decidido reseñar una de sus primera novelas: porque se percibe la frescura de un escritor en ciernes. Yo creo que desde que se metió en política, a finales de los 80, ha ido perdiendo perspectiva literaria. Os recomiendo esta novela en concreto. Un abrazo!

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