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jueves, 10 de octubre de 2013

Los márgenes de Mishima (I)


Dijo en una ocasión Yasunari Kawabata que Mishima poseía un “don casi milagroso para las palabras”. De hecho, casi le extrañó haber sido galardonado él con el Nobel de literatura, en el año 1968, en lugar de su alumno predilecto. A mí también me extraña. No que lo recibiera Kawabata, que a fin de cuentas es el padre de la mayoría de novelistas japoneses contemporáneos, el autor de los libros que reposaban en sus mesitas de noche, como se suele decir, pero sí que Mishima no fuera reconocido, ese año, como la cumbre de la literatura japonesa. Es cierto que los galardones son caprichosos, que responden a necesidades que a veces nada tienen que ver con la literatura. Tan cierto como que el peso específico de un autor radica en sus libros, no en la percepción que se tiene de ellos en un momento concreto de la historia. Las modas que afectan a las instituciones académicas, a la crítica y al público en general se rigen por ese factor humano que convierte la belleza en algo temporal y opinable. Pero cuando una obra deja de ser simplemente bella para adquirir cierto grado de sublimidad, cuando sobrepasa las formas de su propia belleza para dirigirse al infinito se convierte en algo atemporal. Esa categoría de obra sigue y seguirá ahí cuando los académicos, los críticos y los lectores que la arrinconaron en el último estante ya lleven tiempo criando malvas. El mar de la fertilidad (1968-70; Alianza Editorial 2012), la tetralogía a través de la cual Mishima nos legó su testamento vital, pertenece a dicha categoría.
Imagino que la primera imagen que os pasará por la cabeza al leer ese título en cursiva será la de un hombre perforándose las tripas con un sable. Dicen que Mishima terminó La corrupción de un ángel (1970; Alianza Editorial 2010),  último título de la tetralogía, el mismo día que puso fin a su vida, mediante el rito del seppuku, en el despacho del Comandante de un cuartel de Tokio, después de fracasar en su intento de proponer al ejército un golpe de estado. Continua la leyenda afirmando que Mishima no albergaba ninguna esperanza de conseguirlo, y que por eso su muerte estaba ya más que asumida por su parte. Pero sea falsa o cierta la leyenda el hecho es que nadie dudó en su momento, ni duda ahora, ni dudará en el futuro, de que Mishima era capaz de mirar a la muerte con los ojos bien abiertos.
Hablemos de su obra. Nieve de primavera (1966; Alianza Editorial 2010), el primer título de la tetralogía, es, en mi opinión, una de las más bellas historias de amor que se han escrito. Y también una de las más originales. Kiyoaki Matsugae, el joven adolescente que la protagoniza –hijo de un rico funcionario– vive para la consecución de algo que lo obsesiona profundamente: llegar a lo sublime a través de la pureza. De nuevo, sobrepasar esa belleza que cree poseer a través de los valores más genuinos e incorruptibles de su espíritu. Representa pues ese ideal que anduvo buscando Mishima durante toda su vida: aquella sustancia contenida en lo japonés que es origen de su sublimidad. Aquello que se tenía que proteger a toda costa de la influencia occidental, origen de la decadencia moral y espiritual que asolaba, según el autor, a su Japón contemporáneo. Kiyoaki es hasta tal punto coherente con sus deseos que, al ver vacilar a Satoko –su pretendiente y correspondida– en ese cenagoso terreno de la pureza, se ve forzado a alejarla de él. Ese recato y finura que imprime Satoko a sus gestos y a sus palabras, esa sutileza de espíritu que tanto atrae –y perturba– a Kiyoaki se convierte para este, debido a las inconsistencias de su inevitable adolescencia, de la fragilidad de la nieve en primavera, en algo completamente distinto. Como busca la pureza, no admite la confusión. Como no admite la confusión, no tolera las inconveniencias de un flirteo que no puede manifestarse con total libertad. No consigue descifrar si la callada sensualidad de Satoko es prueba de pureza o manifestación de vulgaridad. Es decir, aquello que constituye su ideal acaba convirtiéndose en su propia cárcel. Kiyoaki no es capaz de descifrar las intenciones de Satoko porque no ha conseguido aislar su propia confusión, separarla y distinguirla de la desconfianza. Y hasta que no descubre en ese estado de confusión, que es el amor en última instancia, una sublimación de la pureza del espíritu, no es capaz de entender y amar a Satoko.
Somos testigos de esta historia –y de la tetralogía al completo– a través de Shigekuni Honda, su auténtico protagonista, el voyeur que contempla como espectador una belleza, la de su gran amigo Kiyoaki, que nunca estará a su alcance. Es la representación de la razón, la contraposición del espíritu y, por tanto, de la pureza. Es, por todo eso, el único que puede actuar como portavoz de algo cuya espontaneidad no permite relatarse a sí mismo. El eterno observador. El celoso guardián de las formas. Un atisbo de belleza que nunca podrá sobrepasarse a sí misma. La elección de estos dos personajes, Kiyoaki y Honda, es completamente coherente con el pensamiento de Mishima. De hecho, todo en él es coherente. Dos personajes que, sin saberlo, representan el eterno combate entre el deseo de aprehensión de lo sublime a través de los sentidos y el deleite de la belleza a través de sus formas contenidas. El exceso contra la medida. El idealismo de Platón contra el materialismo de Aristóteles. Tal vez por eso Mishima se muestra tan obsesivo en la elección y uso de las palabras. El lenguaje en esta obra puede parecer excesivo, lento y monótono, pero para quienes tratamos de acercarnos al pensamiento privilegiado de Mishima, no es más que el arma de precisión con que consigue darle al continente el mismo sentido que al contenido. Tal vez para dotar de veracidad aquello que decía Shunsuké en El color prohibido (1954; Alianza Editorial 2009), una de sus primera novelas: “Hasta tal punto detestaba la cruda realidad, que convertía su obra en una realidad contraria a ella, como una estatura hecha con el vaciado de un cuerpo vivo y desnudo”. La obra de Mishima es como un juego de espejos, tiene el mismo sentido la mires desde donde la mires. Yo, la verdad, nunca me cansaré de mirarla. Porque gracias a Mishima aprendí algo importante: que la literatura también se encuentra en los márgenes.
Continuará con Caballos desbocados, segundo título de la tetralogía El mar de la fertilidad.

Nieve de primavera (Haru no Yuki)
Yukio Mishima
Alianza Editorial, 2010 (última edición)

7 comentarios:

  1. Leí a Mishima (concretamente La corrupción de un ángel y El marino que perdió la gracia del mar) en un momento complicado de mi adolescencia (aunque ahora que pienso, no sé si hay adolescencia que no sea complicada). Me impactó muchísimo la lectura. Hace tiempo que me ronda la idea de volver a leer a Mishima, en parte para exorcizar algunas sensaciones anexionadas (probablemente de forma involuntaria) a aquellas lecturas. Seguiré leyendo tus entradas de MIshima como parte de ese proceso rehabilitador que me hace falta con este autor.

    Saludos!

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    1. Serás muy bienvenida, Ana Blasfuemia. Este autor vale mucho la pena. Saludos

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  2. Uff, imposible resistirse a esta increíble reseña. Mishima es un autor que lleva mucho tiempo en mi lista de pendientes, pero desde luego voy a tener que sacarlo pronto de esa lista y empezar a disfrutar de sus libros.
    Besotes!!!

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  3. Yo he leído El rumor del oleaje, aunque, por el momento, me quedo con El marino. No cabe duda de que también es una bellísima historia de amor, pero este último es más propicio al debate y a la reflexión. Además tiene un fuerte componente erótico que me dejó algo maravillada. Me alegro mucho de ver a Mishima por aquí. Ahora mismo tengo esperando turno en la estantería Sed de Amor.

    Por cierto, ¿sabes que hay un libro que recopila la correspondencia entre los dos autores? Un abrazo,

    P.S. Acabo de contestar a tu msg en FB; no me saltó la notificación. Perdona haber tardado tanto.

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  4. No conocía ese libro de correspondencia, así que voy a tener que agenciarme un ejemplar lo antes posible. Mishima es de esos autores cuyas correspondencia seguro se merece una buena lectura.

    Entonces, El rumor del oleaje es una muy bella historia de amor, como Nieve de primavera. El marino no la he leído. Aparte de los cuatro títulos de la tetralogía El mar de la fertilidad, y de El rumor del oleaje, he leído El color prohibido (que salió en español en 2009, hasta entonces estaba inédita), muy recomendable, y un librito de cuentos titulado La perla. Ahora me gustaría centrarme en Confesiones de una máscara.

    Un abrazo y gracias por ayudarme con eso del FB!

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  5. Si te animas con la correspondencia, podríamos hacer una mini-conjunta. Un abrazo,

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    1. Ok, me parece una muy buena idea. ¿Tú tienes ya un ejemplar? yo en cuanto consiga uno te digo. De todas maneras, lo leeré de manera paralela a la relectura que estoy haciendo de los otros 3 vols. de la tetralogía El mar de la fertilidad. Un abrazo

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