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jueves, 31 de octubre de 2013

1914, un fiasco de Jean Echenoz



Como el tiempo se prestaba a ellos de maravilla y era sábado, día en que su cargo le permitía holgar, Anthime salió a dar una vuelta en bici después de comer. Sus proyectos: aprovechar el espléndido sol de agosto, hacer un poco de ejercicio, respirar el aire del campo y seguramente leer tumbado  en la hierba, pues llevaba amarrado a la máquina con un pulpo un libro demasiado gordo para el portabultos de alambre. Una vez salió de la ciudad a rueda libre, y tras pedalear sin esfuerzo durante una decena de kilómetros en llano, tuvo que subir en bailón al presentarse una colina, balanceándose de izquierda a derecha y comenzando a sudar. No es que fuera una colina muy escarpada, ya se sabe la altura que alcanzan esas lomas de la Vendée, apenas un altozano leve pero lo bastante prominente para que pudiera uno disfrutar de la vista.


He aquí el inicio de 1914 (2012; Anaagrama, 2013), la última novela de Jean Echenoz, el autor de Me voy (1999, Anagrama, 2004), Premio Gouncort en el año de su publicación en Francia, tres retratos biográficos interesantísimos de Maurice Ravel, Emil Zatopek y Nikola Tesla, y que en 1988 recibió el Premio Gutenberg otorgado por el Salon du Livre de Paris como “la mayor esperanza de las letras francesas”. Es decir, la última novela de un peso pesado de la literatura francesa contemporánea. Sin embargo, y muy a pesar de la buena prensa de que disfruta Echenoz en su país, tanto entre críticos como lectores, no creemos que haya respondido aún a las enormes expectativas  generadas entre su gente hace ya veinticinco años. Al menos, no a través de 1914, una miniatura ambientada en la Primera Guerra Mundial cuya única virtud es precisamente esa, la de aventurarse a explicar cuatro años de guerra en poco menos de cien páginas. Porque su último libro no solo no es una buena novela, sino que es, además, una mala novela.

Si nos remitimos a lo dicho en nuestra última reseña sobre El sermón sobre la caída de Roma, de Jérôme Ferrari, el inicio de 1914 se nos antoja bastante poderoso. Nos presenta a su protagonista, Anthieme, como un tipo voluntarioso con el que cualquiera de nosotros le gustaría identificarse. A lomos de su bicicleta, busca un lugar en el que disfrutar de una soleada tarde de lectura rodeado de vegetación, en el que podemos –y queremos– imaginarnos el canto de las cigarras estivales, el sonido sordo que emite el viento al barrer la hierba, y cierto aroma a fresas silvestres y a uvas maduras colmando de placer nuestra fosas nasales. Sin embargo, tras ese loable oficio narrativo –al César lo que es del César–, no se esconde nada que pueda resultar perdurable, o que al menos nos proporcione aquello que parece buscar Anthieme en su paseo vespertino: una agradable sesión de lectura.

Vayamos al grano.     

Echenoz narra con su particular –e, insisto, admirable– estilo las desventuras del contable de una fábrica de zapatos situada en un pueblecito del oeste de Francia, a partir del momento en el que es reclutado para servir al ejército francés durante la Primera Guerra Mundial, hasta que regresa lisiado a su hogar de toda la vida para hacerse cargo de la prometida de ese hermano mayor perdido durante la guerra. Una mujer que, ya desde el primer momento, cuando despide a los dos hombres de su vida durante su marcha hacia la guerra, muestra una fuerte inclinación hacia la satisfacción de sus propios intereses.

Como se esperaba, Anthieme vio que al principio Blanche sonreía a Charles orgullosa de su porte marcial, pero cuando llegó a su altura, no sin sorpresa esta vez, recibió de ella otra clase de sonrisa, más seria e incluso, según le pareció, más emocionada, intensa, pronunciada, vete a saber.

Anthime Sèze, como decíamos antes, trabaja de contable en la fábrica más prospera de un pueblo de la Vendée, desde cuyas colinas se pueden contemplar “pueblos desperdigados y un sinfín de campos y pastos”. Se ha embarcado “cuatro o cinco veces” en el océano, y sin embargo “no había sido de gran utilidad a sus compañeros, por más que su profesión de contable lo autorizaba a ejercer el papel siempre bien recibido de anotar e inventariar las caballas, pescadillas, acedías, rodaballos y otras platijas al regresar del muelle”. Es, en definitiva, el clásico hermano menor obligado a ver desde la distancia, y sin rechistar, lo logros de su primogénito. Él vive en una casa de un solo piso “baja y achaparrada” con un pórtico “de tablas dudosamente ensambladas”. Charles, su hermano mayor, habita un domicilio con un jardín “ a todas luces próspero y pulido”, con “un camino (que) conducía a una terraza embaldosada jalonada de pilares que flanqueaban la doble puerta de vidrio policromado a la que se accedía tras salvar tres escalones”. Desde el primer capítulo, sabemos que Anthime sigue la estela de un hermano a quien quiere tanto como odia. Un hermano que está más pendiente de esa cámara Rêve Idéal de Girard & Boitte con la que pretende sobresalir sobre el común de los mortales habitantes de ese pueblo sin futuro, fotografiando con denuedo todo lo que le sale al paso, como si fuera otro miembro de la prensa, que de la única familia que le queda. Incluso se atreve a abrazar a su novia durante la ceremonia de despedida, la heredera de esa fábrica de zapatos de la cual es subdirector, sin prestar atención a ese hermano menor, Anthieme, que sigue debatiéndose entre el amor y el odio. Sin embargo, su ridícula e injustificada soberbia encuentra un freno natural en la guerra, mientras su hermano va salvando la vida en las trincheras de Bélgica frente a la primera línea de ese ejército alemán que aguarda a sus enemigos con gas mostaza en las manos, en esas trincheras en las cuales los soldados acaban partidos por la mitad –lección: la guerra ostenta la particularidad de situar cada uno en su sitio–. Sin embargo, la crudeza con que Echenoz describe las batallas no parece tanto un ejercicio de realismo como de encubrimiento de un pequeño fraude literario elaborado a conciencia.

Fue entonces cuando, tras caer los tres primeros proyectiles demasiado lejos y explotar inútilmente más allá de las líneas, un cuarto proyectil de contacto de 105 más ajustado fue más efectivo en la trinchera: tras seccionar al ordenanza del capitán en seis pedazos, algunos de sus cascos decapitaron a un agente de enlace, clavaron a Bossis por el plexo en el puntal de una zapa, destrozaron a diferentes soldados bajo diferentes ángulos y cercenaron longitudinalmente el cuerpo de un cazador ojeador.     

A partir de aquí, contemplamos como espectadores “privilegiados” las desventuras de un soldado raso que acaba adquiriendo, gracias a esa fortuna que le mantiene vivo en las circunstancias más adversas , y que calcina a su hermano con los restos de un avión de guerra experimental, unos beneficios sociales que jamás le habrían correspondido. Se acaba quedando con la mujer, el niño y la fábrica, ante la mirada indignada de quienes lo contemplan desde el cielo, aunque solo se trate de fantasmas. Todo esto en menos de cien páginas, con tanto oficio narrativo como desvergüenza. ¿Por qué hablo de desvergüenza? Porque 1914 es una novela para ganar cuatro cuartos. Ante la crisis, y considerando el flojo poder adquisitivo de los lectores, echémosles un libro barato, de no más de cien páginas, con el cuál ellos consigan pasar una agradable tarde de domingo y Echenoz llegue a fin de mes. Hablemos de la Gran Guerra, asumamos la ambiciosa tarea de explicarla en un relato corto y ofrezcamos las necesarias dosis de pasión y violencia. Es más, digamos que se trata de una obra maestra de no más de cien páginas, destinada a esos lectores tan aficionados a los libretos clásicos de la literatura anglosajona de primera mitad del siglo XX, y echemos a correr. Eso, exactamente, es lo que han hecho Echenoz, les Éditions de Minuit y Anagrama. Echar a correr. O mirar hacia otro lado. Hasta el punto de que la edición en castellano adolece de una innumerable cantidad de errores estilísticos y ortográficos, cosa extraña en un sello editorial que mima su catálogo como si se tratara de un hijo –animo a nuestros lectores a que encuentren los fallos de los que hablo. Los encontrarán incluso en la primera página–.   

La historia tiene pegada pero queda oscurecida por una objetivo literario muy discutibel. La pareja de protagonistas, los dos hermanos Sèze, es la copia de tantas otras. Están razonablemente bien construidos, pero son copias al fin y al cabo. Y la narrativa de Echenoz es, en este libro, tan rica y solvente como poco ambiciosa. Echenoz no se parece, ni de lejos, a otros autores que se atrevieran a tratar temas igual de complejos con economía de palabras, como Arthur Schnitzler, Stefan Zweig o Max Beerbohm. Sabe contar la historia, pero no dice nada remarcable en ella. Tal falta de sacrificio se demuestra en su recurrente uso de expresiones evasivas como “ya se sabe”, “vete a saber” o “todo esto se ha descrito mil veces”, en un evidente intento de escurrir el bulto.  

Todo esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera. Además, quizá tampoco sea útil ni pertinente comparar la guerra con una ópera, y menos cuando no se es muy aficionado a la ópera, aunque la guerra, como ella, sea grandiosa, enfática, excesiva, llena de ingratas morosidades, como ella arme mucho ruido y con frecuencia, a la larga, resulte bastante fastidiosa.


Algunos dirán que esta manera de obviar ciertos aspectos de la guerra –en definitiva, los que la convierten en algo “material”– es un ejercicio de singularidad, de evitar los lugares comunes para ofrecer lo que ningún cronista ha ofrecido jamás. Sin embargo, a nosotros nos parece, como decíamos antes, un grotesco ejercicio de encubrimiento. Más allá de su solvente prosa, lo único “diferente” que nos ofrece Echenoz en esta novela fallida es el retrato de ineludible de ciertas incongruencias: esa Gendarmerie apostada en segunda línea para asegurarse de que los soldados murieran “como Dios manda”, sin opción a la retirada, y esos cascos cuyo azul brillante que convertían a los soldados en “fáciles blancos” por efecto de los reflejos del sol. Pero… ¿sirven estos detalles “políticos” para validar una novela escrita con tanta economía de palabras como falta de conocimiento sobre la materia tratada? “Diríase que el autor venía de leer algunos volúmenes históricos sobre el asunto”, dice Milo J. Krmpotic en su crítica para Blisstopic.   

En definitiva, no perdáis el tiempo en este libreto innecesario –aunque tampoco sería demasiado–.  Nosotros, después de este fiasco, nos contentaremos con escribir la crítica de otra novela de Anagrama que, esta vez sí, nos ha dejado un amplio y plácido sabor de boca: Canadá, de Richard Ford
Feliz fin de semana largo.


4 comentarios:

  1. Vaya sensación decepcionante leer esta reseña, con las ganas que tenía de conocer la obra de Echenoz...

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  2. No la pude terminar, y mira si es corta. Luego leí Ravel y me encantó.

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  3. Me gustó bastante "Cherokee" en su momento, no he leído nada más de Echenoz, le tengo bastantes ganas a este "14" (he leído opiniones positivas y negativas) sólo entonces podré opinar con propiedad...

    Saludos.-

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  4. Bueno, pues lo has dejado muy claro. No seré yo la que pique entonces con 1914.

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