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lunes, 26 de agosto de 2013

Herzog o los grandes temores de Saul Bellow



“Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer”, pensó Moses Herzog. Había quienes pensaban que estaba tarado y, durante cierto tiempo, él mismo había dudado de su cordura. Pero ahora, aunque todavía se comportaba de una manera extraña, se sentía seguro de sí mismo, animado, lúcido y fuerte. Estaba como hechizado y se dedicaba a escribir cartas a todo quisque. Esas cartas le alteraban hasta tal punto que, desde finales de junio, iba de un lado a otro con una maleta llena de papeles. La había llevado de Nueva York a Martha's Vineyard, pero no tardó en volver de Vineyard; dos días más tarde voló a Chicago, y desde allí fue a un pueblo en la zona occidental de Massachusetts. Oculto en el campo, escribía sin parar, frenéticamente, a los periódicos, a personas públicas, a amigos y parientes, y, por fin, a los muertos, primero a sus difuntos cercanos y casi anónimos, y por último a los famosos.

Si existe un autor que merezca ser citado al inicio de una reseña, ese es Saul Bellow (1915, Lachine, Canadá - 2005, Brookline, Estados Unidos). Como dice Harold Bloom en Novelas y novelistas (2005; Páginas de espuma, 2012), “pocos escritores lo han superado en sus inicios y sus finales”. Para muestra, el botón con que abrimos esta reseña, las primeras diecisiete líneas de su novela más conocida, Herzog (1964; Galaxia Gutenberg, 2008*). En ellas encontramos dos detalles importantes sobre ese personaje cuyas desventuras y tribulaciones –aunque también una multitud de lucidísimas reflexiones– van a acompañarnos a lo largo de casi cuatrocientas cincuenta páginas. El primero, que Moses Herzog está realmente desequilibrado. No en vano, su mente navega como perdida en un océano de aguas turbulentas, acuciada por un segundo y denigrante fracaso matrimonial, la frustración que le ocasiona el no haber escrito aún una obra verdaderamente crucial para el progreso de la civilización, su gran objetivo, y esos molestos ecos de su férrea educación yiddish (juedoalemana) que lo obligan a tener siempre en cuenta la cuestión moral incluso en las situaciones más triviales. El segundo, que siendo plenamente consciente de su desequilibrio –entendido este como una desviación de la líneas de pensamiento y comportamiento imperantes en la Norteamérica liberal-burguesa de los años sesenta– continua expresándose en los términos que le parecen más adecuados. Luego, el resto, lo explica muy bien ese primer párrafo: “oculto en el campo” decide iniciar una unilateral correspondencia con todos aquellos personajes cuya impronta ha redundado en su desquicio. Desde Herzog padre, un pobre diablo emigrado a Canadá tras el triunfo de la revolución soviética, cuyos negocios se cuentan por fracasos, hasta su jorobado abogado Sandor Himmelstein, un pregonero contemporáneo (a Herzog) del realismo más cínico y recalcitrante; desde Dwight Eisenhower y su Comité de Objetivos Nacionales hasta Spinoza y su proposición sobre la conquista del caos; Herzog no deja títere con cabeza en esas páginas dedicadas a “escupir excrementos y aullar con la angustia acumulada de interminables eras”, como dice él mismo. Pero echemos un vistazo sobre su (en apariencia) anodina “existencia” para comprender la naturaleza de su desasosiego.    

Moses E. Herzog es un intelectual cuyos prometedores inicios en el ámbito de la filosofía han acabado desembocando en las tristes aulas de la escuela nocturna para adultos donde imparte clase, en New York. Tras experimentar cierto éxito con la publicación de sus tesis doctoral, El estado de naturaleza en la filosofía política inglesa y francesa de los siglos XVII y XVII, y de un libro de cierto prestigio en el ámbito académico, Romanticismo y cristianismo, las consecuencias de su vida sentimental acaban relegándolo a un plano secundario. Madeleine Pontritter, hija de un reconocido productor teatral y mujer de indudable atractivo e inteligencia, se casa con él con la esperanza de progresar en el terreno intelectual. Sin embargo, la escasa colaboración que recibe de Herzog, cuya voluntad parece más inclinada a la ternura familiar que a la creación de esa obra “crucial” –aunque él opine lo contrario–, la obligan a buscar impulso en otro lugar: acaba dejándolo –con una hija de por medio– por su mejor amigo, Valentine Gersbach, un vendedor de humo tan inteligente como hipócrita cuyos padecimientos –es cojo desde los doce años– le permiten erigirse a los ojos del mundo como un estandarte de la verdadera sabiduría. Así, abandonado y frustrado, Herzog se ve obligado a reconstruir su vida desde la negación de sus antiguas aspiraciones.  

Herzog trabajaba (…) en la obra del futuro. Las revoluciones del siglo XX, la liberación de las masas por la producción, crearon la vida privada pero no dieron nada con que llenarla. Ahí era donde entraba él. El progreso de la civilización –es más, su supervivencia misma– dependía de los éxitos de Moses E. Herzog. Y al tratarlo como lo trataba, Madeleine dañaba un gran proyecto. Esto era, a ojos de Moses E. Herzog, lo que resultaba tan grotesco y deplorable en la experiencia de Moses E. Herzog.

Madeleine, esa mujer con la “altivez de la niña que sabe que no tardará mucho en convertirse en núbil y adquirir el poder para hacer daño”, poseedora del tipo de belleza que “convertía a los hombres en criadores, sementales y sirvientes”. Un personaje destinado a erosionar la figura del protagonista hasta convertirlo en un amasijo de pensamientos inútiles. Sin embargo, la fortuna conduce a Herzog en brazos de Ramona, una risueña y exuberante florista que ni le reclama la consabida brillantez intelectual –casi se diría que le molesta– ni espera de él mucho más que dejarse llevar por sus atenciones, incluidas las sexuales. Bellow se muestra, en esta obra, especialmente críptico con la figura de la mujer. De alguna manera, su representación parece corroborar aquello que afirmaba Harold Bloom. “Sus mujeres parecen la realización (negativa y positiva)  de los deseos de Herzog y su creador”. Madeleine se comporta como la omnipotente viuda negra, y Ramona como un analgésico capaz de sustituir el dolor de cabeza por un orgasmo. Así, ambas acaban un tanto deslucidas por la indignación con que las describe Bellow. A la primera por puta –cito a Herzog–. A la segunda por irreal. En cualquier caso, su relación con las mujeres nos permite entender su principal hallazgo. Porque a medida que escribe cartas a todos aquellos que, de alguna manera, lo han colocado en ese callejón sin salida y han dado al traste con sus planes, descubre una verdad tan perjudicial para su felicidad terrenal como salvadora para su conciencia.

Cuando el pecho de un hombre se siente como una jaula de la que todos los pájaros oscuros han volado, es libre, es ligero. Pero anhela que vuelvan sus buitres. Quiere sus peleas de costumbre, sus tareas anónimas y huecas, sus rabia, sus penas y sus pecados.

La vida de Herzog parece darle la razón a Heidegger cuando daba a la angustia “una especie de condición metafísica u ontológica, al ver en ella la revelación de una primigenia y universal Nada**”. Es decir, ante la imposibilidad de llenar el inexorable vacío de su existencia, Herzog opta por instalarse en esa forma “indiferenciada” de la vida de que hablaba el filósofo alemán. Cubre su hueco, la Nada, con una pátina de ternura y compasión familiares incapaz de satisfacer, por partida doble, sus auténticos anhelos y los de Madeleine. En otras palabras, necesita llenar el vacío para sobrevivir, pero al mismo tiempo no sabe vivir sin el vacío. Carece “de la fuerza de carácter para soportar tanto gozo”. De alguna manera, siente que su existencia es una imposibilidad solo combatible a través de la inmortalidad de sus libros. “El espíritu aspira a ser inmortal porque en realidad no vive”, afirma en una de sus cartas. Y de ahí que anhele la creación de una obra definitiva, a través de la cual otorgarle al hombre una manera de llenar su vida, pero al mismo tiempo la vea como una distracción en su propia búsqueda de cierta paz espiritual.

Junto a Moses E. Herzog asistimos a un derrumbe monumental. El de un personaje tan dotado para la trascendencia como incapaz de gestionar el lado práctico de la vida, encarcelado por sí mismo entre las paredes desconchadas de su casa de campo en Massachusetts para escribir cartas imposibles de remitir –en la cual su único refugio para esconderse de Madeleine o de Ramona consiste en un lúgubre baño situado en el sótano–, o con la intención de ahogarse en sus propios “excrementos” intelectuales. A lo largo de cuatrocientas cincuenta páginas rezamos por él como lo haríamos por un mendigo irredimible. Deseamos que acepte las atenciones de Ramona sin dudar de su oportunidad, que libere su espíritu de la nociva influencia de su matrimonio fracasado con Madeleine, y que aplaque su impronta expresiva para concentrarse en sí mismo. Sin embargo, no podemos dejar de maravillarnos ante su exuberante clarividencia y su inquebrantable fe en las posibilidades del hombre. A más de un lector se le habrá ocurrido meter las cartas de Herzog en un sobre sellado y mandarlas a sus destinatarios.     

En lo estético, Bellow parece luchar con denuedo por construir una prosa realista desprovista de todo esteticismo –según Bloom, esa confrontación con el esteticismo de Flaubert es el germen de novelas como Herzog o El legado de Humboldt. Bellow obliga a su protagonista a expresarse con el lenguaje directo de sus pensamientos, convirtiendo sus monólogos y sus diálogos en uno de sus mejores recursos literarios. Y trata sus vivencias con la misma naturalidad con que las viviría él en sus mismas circunstancias. En apariencia, no hay afectación, ni juicio, ni compromiso. Solo el acto de corporeizar un  personaje, Moses Herzog que pretende ser más sincero incluso que el propio Bellow. Y aunque tenga razón Bloom al afirmar que el autor estadounidense “es demasiado vehemente para sentirse a gusto enmascarando su indignación” –con lo cual Herzog deja de ser un personaje totalmente independiente para convertirse en un más que posible alter ego de su creador–, se equivoca al ensalzar la caracterización de sus personajes subsidiarios por encima de sus protagonistas. Es cierto que tanto Sandor Himmelstein, el jorobado nihilista, como Valentine Gersbach, el ladrón cojo con aspecto de sabio, resultan tremendamente sugerentes. Pero también que Herzog destaca por encima de ellos como un protagonista “inevitable” de su era, como un retrato acabado de todos aquellos intelectuales confesos e inconfesos que, en la primera mitad del siglo XX, sucumbían ante la producción masiva de seres humanos idénticos en su estupidez. Es cierto que, como buen alter ego, sus desventuras acaban condicionando la imparcialidad del narrador, quien en muchas ocasiones parece hablar por el mismo Herzog. Pero, ¿quién ha dictaminado que un narrador haya de mostrarse imparcial con sus personajes? Tal vez el único error de Bellow sea convertir la última parte de la trama en una suerte de redención del protagonista. Al hacerlo, deja que se le vea el plumero de manera un tanto descarada. Pero en contrapartida regala al lector aquello que ha estado pidiendo a gritos durante toda la lectura: un atisbo de esperanza en la vida de Herzog.

En cualquier caso, más allá de discusiones estéticas, estamos ante una de novelas más importantes del siglo XX. También frente a un autor en cuya literatura podemos reconocer el germen de trayectorias tan relevantes como las de Philip Roth o Martin Amis.    

No se trata de esa larga enfermedad, mi vida, sino de esa larga convalecencia, mi vida. La revisión liberal-burguesa, la ilusión de mejora, el veneno de la esperanza.  


*Última edición
**Jean Wahl (1888-1974) sobre Heidegger

Herzog
Saul Bellow
Galaxia Gutenberg

Novelas y novelistas
Harold Bloom
Páginas de espuma



6 comentarios:

  1. Buenas noches. En línea con nuestra conversación de hoy, tengo una pregunta. Me han dicho que lo mejor era leerlo en papel. ¿Tú qué me recomdarías? Seguro que no tardaré en leerlo. Buena reseña. Un abrazo,

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    1. Pues en realidad te recomendaría que leyeras todos los libros en papel :) en cualquier caso, este en concreto es uno de esos libros que acabas llenando de marcadores, subrayando frases etc, y yo para estos menesteres recomiendo el papel. Por otro lado, la edición de Galaxia Gütenberg es muy buena. Un abrazo!

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    2. El lector digital también tiene sus ventajas, pero lo entiendo. Lo tendrá que comprar. ¡Gracias!

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  2. La he leído hace poco junto a otro bloguer y me ha parecido una lectura fascinante en muchos aspectos. Desde el propio Herzog, aislado y declamando en cartas hasta la evolución de la novela en la que las cartas se iban a reducir..
    Una grandísima novela, sin duda y una magnífica reseña
    Besos

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  3. El otro bloguer soy yo jajaja. Me ha encantado, me ha fascinado, como proyecto tengo leer del tirón todos los párrafos señalados, también me gustaría releerlo al completo y leer más de Bellow. Ha sido uno de los libros del año. La reseña es magnífica. Un abrazo Karenin :)

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  4. Muy buena reseña. Me llama la atención el personaje "Ramona", que es argentina, pero que no dice mucho sobre su origen.

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