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miércoles, 27 de marzo de 2013

Crónica parisina (I)



El jueves pasado hice la maleta y me fui a dar una vuelta por el Salon du Livre de París, una feria que tiene más de pública que de profesional pero que sirve para saber que se cuece en el mercado francófono. La noche del miércoles, me tomé unos minutos para escoger tres o cuatro libros que me acompañaran durante los días que tenía planeado pasar en la ciudad de las luces –un topicazo al que le descubrí cierto sentido, luego lo entenderéis–. Cuando viajo, suelo leer libros escritos en el lugar de destino, para saber que se escribe, o se ha escrito, allí, y para comprender mejor lo que veo y lo que oigo. La lectura se convierte entonces en una especie de guía de viaje, con lo cual tengo que andarme con mucho cuidado a la hora de escoger. Suelo repartir la suerte entre diversos géneros y diversas épocas, para que cada libro pueda crear su propio espacio en mi cabeza –nunca más de dos novelas a la vez, comencemos a poner normas–. Los elegidos fueron: La peste (1947; Folio, 1976)*, de Albert Camus; A tiro limpio (1943; Tusquets, 2009), de Boris Vian; Palabras (1949; Lumen, 2012), de Jacques Prévert; La obra maestra desconocida (1831; Visor, 2007), de Honoré de Balzac.

Comencemos con este último, el libro que debió leer en algún momento de su juventud Pablo Picasso para que acabara abriendo un taller en la misma finca en la que vivía François Porbus, uno de sus protagonistas. Porbus es en apariencia un maestro venerado en vida, en la primera mitad del siglo XIX, un genio de la pintura frente a cuya puerta aguardan emocionados los jóvenes aspirantes a que un encuentro con él les impregne de algo de su genio, como si pudiera repartirlo con su pincel al igual hace con los colores de su paleta. Pero la suerte que corre Poussin, uno de esos jóvenes , sobrepasa cualquiera de las ensoñaciones que pudiera haber tenido. Un golpe de fortuna lo acaba situando en el taller de Frenhofer, un pintor apenas conocido que, sin embargo, es venerado por Porbus como si se tratara de uno de los mayores genios de la historia de la pintura. Fernhofer considera que Porbus “flota indeciso entre los dos sistemas, entre el dibujo y el color (…) la rigidez precisa de los viejos maestros alemanes, y el ardor deslumbrante, la feliz abundancia de los pintores italianos”, y que por eso se queda nada. Él, en cambio, busca la realización de una auténtica obra maestra, única y definitiva, que constituya la sublimación del género pictórico. “¡La misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla!(…) Una mano no se relaciona solamente con el cuerpo, sino que expresa y continúa un pensamiento que es necesario captar y plasmar”, afirma. Pero cuando Porbus y Poussin consiguen contemplar la obra definitiva de Fernhofer, comprenden que ha ido demasiado lejos. Él representa un intento por convertir el arte en una suerte de materia viviente, por hacer que “viva” según los mismos principios de la naturaleza, y eso, según Porbus, es algo que el arte no puede ni debe pretender. Para él “si el razonamiento y la poesía disputan con los pinceles, se acaba dudando como ese buen hombre (…) ¡No lo imite! ¡Trabaje! Los pintores no deben meditar sino con los pinceles en la mano”. La obra maestra desconocida es, más que un relato, un aviso. Una manera de decirnos que el arte, visto como expresión última de nuestra esencia vital, puede convertirse en un arma peligrosa: un camino cenagoso en el que encontrar la absoluta soledad y perder la razón.

El jueves de madrugada, después de zamparme un buen filete de bavette y una botella entera de Borgoña, crucé la ciudad de una punta a la otra caminando. Permitid que exagere un poco para darle más realidad al asunto, al menos la que percibí yo: ya sabéis que a veces la ficción explica la realidad mejor de lo que esta se explica a sí misma. Os ahorraré las descripciones al uso sobre el charme melancólico de París y me concentraré en una imagen que vale su peso en oro. Si uno se detiene frente al obelisco que hay la Place de la Concorde y mira hacia el Sena, distinguirá la enorme cúpula de Des Invalides. Si lo hace hacia los Campos Elíseos, distinguirá la cúpula del Grand Palais. Lo que concentrará su atención en ambas es algo que solo se puede admirar en un país como Francia: la gigantesca bandera que las corona orgullosa e iluminada, para decirle a todos aquellos parisinos que se atreven a caminar a esas horas de la noche que la patria cuida de ellos. De una manera que aún no alcanzo a comprender, me sentí un completo apátrida al contemplarlas con atención. Pero no por la razón que uno podría atreverse a plantear al escuchar esta palabras, es decir, cierta envidia nunca reconocida hacia una patria más cohesionada que la nuestra –ya que, en realidad, mi patria no sale en los mapas–, sino por algo mucho más complicado. Al contemplar la bandera francesa me sentí realmente protegido, como si un ángel de la guarda estuviera pendiente de que mi camino de regreso al hotel fuera plácido. Como si mi madre hubiera colocado sus dos manos sobre mi cabeza para evitar que la fina lluvia emparara mi chaqueta y me permitiera disfrutar de ese calor que solo una madre sabe dar. No necesito una bandera española o catalana que asegure mi camino, y desde luego no busco en Francia la ausencia de patria que he percibido en demasiados momentos de mi vida. Pero si necesito que alguien, o algo, me abrace durante la noche para hacerme saber que no estoy solo. Pues bien, evoqué instintivamente esa misma sensación al leer los poemas, o Palabras, de Jacques Prévert

Gaëtan Picon dijo una vez que Prévert “cuenta historias a quienes siempre las han pedido”. Yo no sentí, al leer sus versos, que se me estuvieran dando las respuestas que buscaba, pero no puedo dejar de reconocer su enorme poder, su capacidad para reivindicar la humanidad de los desvalidos y de los parias. Prévert era esencialmente un poeta del pueblo, y es innegable que sus versos dan voz a los mudos para gritar, limpian la expresión de las putas que patrullan de noche y abrigan a los que duermen al raso. Son, en última instancia, esa bandera que me gustaría sentir como propia alguna vez, esa mano dispuesta a ofrecerme algo de cobijo. Supongo que los efectos del alcohol cumplieron su cometido y convirtieron esos versos en una suerte de revelación, pero es que una vez leídos y releídos varias veces desde esa noche, no puedo dejar de admitir que esconden, si no respuestas, al menos algo de consuelo.

Padre Nuestro que estás en los cielos
Quédate allí
Y nosotros nos quedaremos en la tierra
A veces tan hermosa
(…)
Con los torturadores
Con los amos de este mundo
Los amos con sus sacerdotes sus traidores
y sus reitres
Con las estaciones
Con los años
Con las chicas bonitas y con los viejos verdes
Con la paja de la miseria pudriéndose bajo el acero
de los cañones**

(…)
es increíble lo que inventa el hombre
para confundir al hombre
y como todo ocurre tranquilamente
el hombre cree vivir y sin embargo ya está casi muerto
y desde hace mucho tiempo
va y viene en un triste decorado***

(…)
pero un día vendrá el sol verdadero
un verdadero sol duro que despertará el paisaje
demasiado blando
y los trabajadores saldrán
entonces verán el sol
el verdadero el duro el rojo sol de la revolución
y se contarán
y se comprenderán
y verán que son muchos
y mirarán la sombra
y reirán
y avanzarán
el capital querrá por última vez impedirles reír
y lo matarán
y lo enterrarán en la tierra bajo el paisaje de la miseria
y al paisaje de miseria de lucro de polvo y de carbón
lo quemarán
lo arrasarán
y con él fabricarán otro sin dejar de cantar
un paisaje enteramente nuevo enteramente hermoso
un verdadero paisaje vivo
y harán muchas cosas con el sol
y hasta del invierno harán la primavera.****



A tiro limpio es un relato corrosivo e inverosímil con el que Boris Vian vuelve a mostrarnos su indiscutible imaginación y destreza con las palabras. Cuatro amigos parten en busca de un misterioso artefacto, el “barbarón bífido”, y en su búsqueda viven innumerables aventuras que solo hacen que acrecentar esa pintura surrealista en que acaba convirtiéndose el relato, con sus extraños personajes, como el inca Popotepec Atlazotl o el Rhizostomus gigantea azurea, un animal imposible de Borneo con apariencia de sapo, enormes pestañas blancas y ciento cuarenta costillas. Ya se ve en el primer capítulo que se está ante un libro realmente distinto.

El conde Adelfín de Belfulano estaba poniéndose una camisa blanca ante su espejo de aumento con luz Brot, que irradiaba mil rayos convergentes. Esa noche había gran sarao en casa de la baronesa de Cantorina, y Adelfín, deseoso de lucirse, había mandado a Delnudo, su mayordomo modelo, que le preparara el frac número uno, que sólo se ponía en ocasiones especiales. El traje, azul oscuro, yacía sobre un ancho sofá cubierto con una piel de oso de peluche que Adelfín había comprado durante un viaje de exploración a la República de Andorra. Las solapas de seda mate despedían un suave brillo y el cordoncillo del pantalón recorría todo a lo largo las perneras impecablemente planchadas. No había olvidado Delnudo traerle una ligera pajarita, flamante, cuya inminente colocación había de dar el último toque a un aseo refinado pero no exento de esa sencillez que sólo es tolerable en individuos bien formados y en contrahechos de cartera abultada.                                                                                                     
Y, así vestido, calzaba Adelfín zapatos amarillos.  

De Boris Vian no queda mucho que decir. Quiero decir que se han llenado hojas y hojas sobre la multiplicidad de significados que tiene su literatura. Porque eso es, en realidad, lo primero que uno siente al leer las primeras páginas de A tiro limpio: por un lado, que intentar descubrir el verdadero significado de esas palabras amontonadas para construir un relato inverosímil no solo es inútil sino que además solo puede traer más y mayores dudas; por otro, que Vian no solo juega con nosotros desde el minuto uno sino que, además, se ríe de nosotros a la cara, de la misma manera que podría haberlo hecho Chesterton, por ejemplo. De hecho, A tiro limpio me recordó en muchos pasajes a El hombre que fue jueves. La historia no tiene mayor intención que despistarnos, hacer que hierva nuestro cerebro mientras buscamos explicaciones que, en realidad, no existen. Se trata de un libro que para ser disfrutado debe leerse sin pensar, dejándose llevar por la interminable galería de imágenes que nos ofrece Vian. Solo así, y sólo tal vez, se puede llegar a entender lo que subyace bajo el texto. Respetando este principio, me quedo para mí mismo lo que me sugirió a mí.   

De La peste os hablaré en una próxima ocasión. No leo rápido en francés y aún me queda un trecho importante para llegar al final. Pero no necesito hablar de Camus para afirmar rotundamente que sí, que París es la ciudad de las luces. Luces que iluminan a sus escritores para ofrecernos un atisbo de confianza en un mundo que hoy, ayer y siempre, parece que se desmorona. Para reconfortarnos con sus palabras pronunciadas a media voz y, por qué no reconocerlo, para acompañarnos con sus silencios. 


*Edición en francés, comprada de segunda mano
**Fragmentode Pater Noster
***Fragmento de Sucesos
****Fragmento de Paisaje cambiante



A tiro limpio
Boris Vian
Tusquets

Palabras
Jacques Prévert
Lumen

La obra maestra desconocida
Honoré de Balzac
Visor

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